Términos como “lesbianismo político” o “lesbiana política” son actualmente de uso relativamente común entre las feministas actuales, pero no siempre fueron tan populares.
A pesar de que en el pasado encontramos usos de estos términos en los Estados Unidos —el epicentro de la mayoría de los conceptos del feminismo radical— lo cierto es que en los 70s (y puede que también a día de hoy) se usaba con más asiduidad por las lesbianas de Reino Unido. El término también se usó en Australia, y sus distintas traducciones llegaron a América Latina y a España, teniendo menos acogida en este caso en Europa que en América.

En su origen, las propias lesbianas dieron distintas definiciones del término, o más bien de las políticas que estaban proponiendo al acuñarlo, pero actualmente esas definiciones han sido difuminadas y en muchos casos tergiversadas para censurar finalmente las revolucionarias posiciones que implican. En este artículo vamos a examinar tanto esas definiciones originales como sus implicaciones políticas.

¿Qué no es el lesbianismo político?

Empezaremos por despejar algunas dudas sobre qué no es el lesbianismo político.
El lesbianismo político, al que algunas llaman “lesbopol”, no es una corriente feminista. Es importante no confundir el feminismo lésbico u otras corrientes del feminismo centradas en la existencia lésbica, como el lesbofeminismo o el lesbianismo radical, con el lesbianismo político. El lesbianismo político puede ser entendido como una estrategia o un análisis dentro de esas distintas corrientes feministas, pero no hay una corriente de teoría y praxis feminista llamada “lesbianismo político”.

El lesbianismo político no es un tipo de “bisexualidad“. La base teórica y la práctica del lesbianismo político han sido críticas hacia las la sexología que ha creado la categoría de “bisexualidad” y una definición de lesbiana patologizante, de hecho la propia categoría de “bisexualidad” puede enmarcarse desde el feminismo como heterosexualidad obligatoria.
A pesar de que en algunos casos el término “lesbiana política” se ha usado para referirse a las mujeres que han llegado a su existencia lésbica por la toma de conciencia feminista y mediante a su elección de dirigirse hacia las mujeres, esta es la acepción más reduccionista, y en ningún momento está planteando una concepción bisexual.
Esta acepción refleja en sí misma la agencia sobre la sexualidad que reivindica el feminismo radical frente al esencialismo de los roles sexuales implícito en las categorías de “heterosexual”, “homosexual” y “bisexual”, por lo tanto, las lesbianas políticas no serían “bisexuales” que eligen estar sólo con mujeres, sino que esta sería una interpretación patriarcal de ciertos casos del lesbianismo político.
Como veremos más adelante, el lesbianismo político ni siquiera se reduce a los casos que pretenden ser interpretados así.

El lesbianismo político no es un tipo de celibato. No consiste meramente en dejar de tener relaciones sexuales con los hombres si antes se venían teniendo. Tampoco es un mero separatismo parcial como el que se venía haciendo estratégicamente por parte de las feministas radicales se seguían considerando heterosexuales cuando se organizaban sin hombres o intentaban no ser vistas públicamente con ellos para no fomentar relaciones que sabían que eran nocivas para las mujeres tanto personal como colectivamente. La palabra “lesbiana” tiene peso en el concepto, la identidad lésbica y sus implicaciones políticas y personales son centrales en la práctica del lesbianismo político, no se puede ser lesbiana política sin ser lesbiana.
¿Qué es una lesbiana desde un prisma feminista? Esta respuesta, que es evidente para las lesbianas y muy compleja de expresar debido a lo inapropiado del lenguaje y los conceptos patriarcales imperantes (lo que ha hecho que las feministas le dediquen libros y más libros a descifrarlo), la dejaremos para otro artículo. Quede por delante que en ninguna concepción feminista de la identidad lésbica caben los machos, por si alguien aún dudaba.

Orígenes del término “lesbianismo político”

Una de las primeras apariciones escritas del término “lesbianismo político” y sin duda una de las más relevantes, si no la que más, apareció en 1979. Fue la de las Leeds Revolutionary Feminists, de las que era parte Sheila Jeffreys, que definieron en su texto “Political Lesbianism: The Case Against Heterosexuality” a las lesbianas políticas como “toda mujer identificada-con-mujeres y que no se folle a hombres”. Dos años después, en el librillo “Love Your Enemy?: The Debate Between Heterosexual Feminism and Political Lesbianism” publicado por Onlywomen Press, aclararon que esto significaba realmente poner a las mujeres primero, dejando de dirigir las energías y apoyos a los hombres. Hacerlo, decían, era evidentemente incompatible con seguir acostándose con ellos.

Entonces, ¿es cualquier mujer que no se acueste con hombres una lesbiana política? Las Leeds Revolutionary Feminists dijeron claramente que no. Es más, dijeron que no todas las lesbianas feministas son lesbianas políticas, porque muchas de estas lesbianas seguían apoyando a hombres y hasta haciendo de altavoces para ellos dentro del propio movimiento feminista, como pasaba con muchas mujeres “de la izquierda”.

Para las Leeds Revolutionary Feminists, al igual que para muchas otras feministas radicales y lésbicas, los actos sexuales no son lo que define a las lesbianas. Esto hizo especificar a las primeras que no era necesario haberse acostado con una mujer para ser una lesbiana política, un punto que generó gran controversia. Pero ¿qué podemos entender por esto desde un punto de vista feminista radical?

¿Qué lugar ocupa “el sexo”?

Dejando de lado el hecho de que el feminismo radical ha problematizado la mismísima conceptualización del sexo por estar totalmente intervenida por el patriarcado, aún nos queda mucha tela que cortar.
Teóricas lésbicas como Marilyn Frye o Joyce Trebilcot problematizaron tanto la mala representación de la intimidad lésbica a la hora de hablar de sexo como la visión patriarcal de que el sexo debía ser algo central para las lesbianas. No son pocas las feministas lésbicas que han ironizado con qué se considera sexo entre lesbianas en el patriarcado, señalando que en muchas ocasiones sus actos de mayor cercanía e intimidad no serían vistos como tal, o el hecho de que culturalmente haya sido impensable el sexo sin la presencia del pene.

Pero saliendo de esta discusión semántica, la importancia que tiene para las feministas lésbicas y las lesbianas en general el resto de ámbitos de intimidad, tanto emocionales como intelectuales, que se dan en las relaciones entre mujeres claramente tendrían una mayor relevancia para la cultura y la vida de las lesbianas que lo que los hombres llaman sexo. Es algo que refleja muy bien Audre Lorde en su ensayo de 1979 Uses of the Erotic: The Erotic as Power cuando dice “Y, para mí, no hay diferencia alguna entre escribir un buen poema y moverme a la luz del sol contra el cuerpo de una mujer a la que amo”.

En realidad, pese al revuelo que se genera al principio, no debería resultarnos tan extraña esta definición de lesbiana que no necesita de haber tenido sexo con mujeres para decirse tal cosa. La definición culturalmente imperante, la de la sexología, de hecho tampoco requiere que una mujer haya tenido sexo con otra para considerarla lesbiana, al fin y al cabo. Con una supuesta atracción hacia alguna mujer y una falta de atracción hasta ese momento por los hombres bastaría en la mayoría de las ocasiones para que se le “diagnosticase” a una mujer lesbianismo, cosa que en muchos casos no suele llevarse de la teoría a la práctica porque hasta a las mujeres que reportan este interés exclusivo se las presiona para que busquen desarrollar interés por los hombres.

Sin embargo, desde otros análisis feministas podemos encontrar la relevancia del plano “sexual” de la existencia lésbica. Quizá por eso Sheila Jeffreys ampliaría en 1993 su definición de “lesbianismo político” en La herejía lesbiana al hablar de mujeres que “dejaron a los hombres y dedicaron todas sus energías emocionales y sexuales a mujeres“.

Politizar ser lesbiana

Como decíamos al principio, el lesbianismo político es ante todo una estrategia política. Se usa el término “politizar” el lesbianismo (o la existencia lésbica, siguiendo a Rich) para hablar de ser capaces de reconocer las implicaciones políticas y revolucionarias de la existencia lésbica y actuar en base a ellas.

Una idea clara de este tipo de politización la daba Cheryl Clarke en su ensayo de 1981 Lesbianism as An Act of Resistance” cuando definía a las lesbianas políticas como “las lesbianas que están presentando resistencia a los intentos de la cultura imperante de mantenernos invisibles y sin poder”. Para ella, politizar el lesbianismo pasaba sobre todo por hacer visibles a las lesbianas, y en eso centró su accionar.

Como quedará claro leyendo a otras grandes feministas lésbicas como Sheila Jeffreys, Marilyn Frye o Mary Daly, el potencial revolucionario de la existencia lésbica ha sido y es clave para el feminismo, tanto como movimiento como en cuanto que comunidad. El lesbianismo político consiste, entonces, en reconocer este potencial y accionar en base a él, ya sea visibilizándose como lesbiana, divulgando el feminismo lésbico que analiza nuestra vivencia propia y las implicaciones de las políticas sexuales en el patriarcado o justamente visibilizándose como lesbiana política, reconociendo que la existencia lésbica es una posición no sólo posible y favorable para las mujeres en el patriarcado, sino también muy valiosa para el feminismo como movimiento de liberación de las mujeres.

La lesbiana política es entonces aquella lesbiana que se vive a Sí Misma y vive su existencia lésbica y la de las demás desde estas conciencia y acciones políticas, que evidentemente están marcadas por una teoría y una práxis feministas.

Todo lesbianismo tiene algo de político

Hace unos años venimos hablando en las redes sociales hispanoparlantes, en torno a estas reflexiones sobre qué es ser lesbiana y qué es el lesbianismo político, del hecho de que toda lesbiana tiene una existencia con un alto componente político (todas están concibiéndose como mujeres que no son funcionales al patriarcado en la esfera privada de lo sexual o están haciendo su vida sin dar acceso sexual o lugar relacional central a los hombres), por lo tanto podría decirse que en cierta medida toda lesbiana es política.

Esta postura que reclama lo inherentemente revolucionario de meramente reconocerse como lesbiana y mantenerse en una existencia lésbica mientras se está en un patriarcado que la ataca ha sido examinada y reivindicada desde los inicios del feminismo lésbico en textos tan relevantes y fundamentales como The Woman-identified Woman, escrito por las Radicalesbians ya en 1969 o por grandes teóricas feministas lésbicas como Marilyn Frye.

Este aspecto inherentemente feminista de la existencia lésbica es un pilar teórico y vivencial del lesbianismo político, pero si examinamos tanto nuestros textos de referencia como nuestras prácticas, vemos que muchas veces no basta con ser lesbiana para hacer un acto de politizar el lesbianismo, y que las lesbianas podemos acabar cayendo en la replicación y perpetuación del patriarcado para nosotras y para las demás a pesar de estar en una posición diametralmente opuesta a él en ciertos ámbitos fundamentales, como nos señalaban las Leeds Revolutionary Feminists. Por tanto, para politizar nuestra existencia lésbica no debemos olvidar el evitar destinar esas energías que el patriarcado nos demanda hacia los hombres y su cultura.

Recapitulando, podemos hablar de nuevo de aquellas que han llegado a su existencia lésbica desde el feminismo. Aquellas que son lesbianas políticas porque antes han politizado su existencia (han tomado conciencia feminista de su posición y su agencia o capacidad de accionar) y después han llegado a ser lesbianas son tan lesbianas políticas como aquellas que ya siendo lesbianas han tomado conciencia profunda de su posición política y el potencial de la misma frente a las políticas sexuales de los hombres.
En este sentido, la lesbiana política se ve desde un prisma feminista como aquella mujer que tiene una profunda conciencia feminista de las políticas sexuales y que se vive a sí misma y con las demás desde una práctica coherente con esa conciencia política: siendo una lesbiana que pone todas sus energías en las mujeres.


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